Iluminaciones angélicas

José Casimiro Gandí­a

 

Como auténtica iluminada, Teresa Tomás ha cultivado el gusto (más aún: el amor) por lo humilde. Su exposición sintomática se tituló “Usar y tirar” (1989), en la galería Postpos. Algunos privilegiados supieron ver lo que una “escultora” podía hacer con materiales cotidianos de uso corriente, efímeros y humildes, cuando su arte es grande. Entrecomillo la palabra escultora para marcar la heterodoxia que la guiaba entonces, prolongación de actitudes neovanguardistas que se manifestaban en primer lugar en los juegos de palabras que titulaban sus exposiciones: “Todos somos Lagarpos” (1985), “Tespéjame que tespejo” (1986), o “Jaque Tate” (1987). Aquellos títulos la nombraban a ella, le jugaban buenas pasadas creativas, más a la manera de Lewis Carroll que de Alicia, qué delicia.

Hoy Teresa sigue iluminada, pero con otra luz. Sus sujetos y sus objetos están marcados por su reconversión artística en un Camino de Damasco particular. No se le apareció un conejo apresurado, sino una feliz reencarnación de Alberto Sabinio entre las sábanas de un hotel florentino pavimentado con mármol de Carrá: entrevió por vez inagural “Los ojos del ángel”. Aquel tipo, más giottesco que quijotesco, la introdujo en los signos misteriosos del alfabeto metafísico. Desde aquel cruce de caminos abisinios, bajo el canto del gallo Chirico, Teresa creyó haber hallado su verdadera senda, como si viera el mundo por primera vez: quiere dar con la magia del arte, pero no ya a través de lo más sencillo, sino de elementos fantásticos con indiscutible tradición de calidad de extrañeza y con materiales nobles y blasonados. En esta senda ha dado con un coro de ángeles, no sin esfuerzo, no sin recorrer buenos trechos de reflexiones y angustias, a pesar de recibir frecuentes visitas de las “musas inquietantes”.   Sus artistas más queridos sentían la misma fascinación que ella hacia los maniquíes; algunos les ponían raquetas y pelotas de tenis. Teresa les ha puesto alas y los ha hecho ángeles, quizás interpretando el canto del gallo Chirico: “Nosotros los artistas metafísicos hemos santificado la realidad”.

Teresa cultiva una trágica humanidad en los cráneos ovalados de sus maniquíes. Sus ángeles tienen rostros de verdad mágica, exactos como fichas antropométricas, e impersonales como máscaras mortuorias: no están hechos a imagen de Dios sino de espectrales misterios terrenales. En sus obras hay mucho cielo, sí, pero también buenas dosis de infierno, manifiesto sobre todo en los atractivos bibelots que se constituyen en “ángeles-relojes”.

El viaje renacentista en el tiempo interior de Teresa se manifiesta en cómo traslada sus moradas interiores, construidas a partir de su memoria pictórica resuelta en objetos tridimensionales, a “La casa de los ángeles”, obra marcadamente escenográfica, ante cuyo espectáculo estamos a la expectativa de que los ángeles se lancen a cantar arias de ópera. La ascendencia de Carrá y De Chirico se aprecia con mayor nitidez en “Hombre + Pájaro = Corazón de ángel”, mediante un juego de ensueños que prefiguran el hibridismo de “El hombre que quiere ser ángel” y el pleno surrealismo alegórico de “La senda de los ángeles”.

No es el onirismo de Teresa de raíz automatista. El suyo es, por el contrario, perfectamente controlado, preconcebido, más cocido que crudo, confiando antes en el “Angel de los ojos” (bien abiertos, por supuesto) que en el del inconsciente: Teresa y sus sortilegios no dejan nada al azar. Es una magia de fórmulas bien dosificadas.

Las iluminaciones angélicas de Teresa Tomás se inscriben en el terreno sugerente del arte fantástico. Es una inspirada poetisa de espacios iluminados por una magia fascinadora  y cristalina.

 

FUENTE: CATÁLOGO LOS OJOS DEL ÁNGEL.